La cocina española tiene un problema fundamental. Se trata de la palabra vanguardia. La hemos usado tanto que ahora ya no sabemos vivir sin ella. Esto crea un problema de expectativas que acaba por frustrarnos. Porque muchas veces estamos poniendo el acento en el tema de la vanguardia y no en el de la cocina, que es el que realmente importa.
El problema nos viene de las últimas dos décadas que hemos vivido y que nos tenían muy mal acostumbrados en ese sentido. En España, desde la primera mitad de los años 90, si que existió un verdadero movimiento de vanguardia culinaria. Uno de esos que una persona normal vivirá, con suerte, un par de veces en su vida. Pero las cosas no duran para siempre. Se trata de ciclos y, además, no tiene nada de malo estar ahora en otro. Lo malo, si acaso, es no conformarse.
Porque el hecho de que ahora no nos encontremos en plena ebullición de la vanguardia no quiere decir que lo que pasa ahora sea peor. Es otra cosa, simplemente. Y ahí volvemos al asunto central: la obsesión con la palabra. La usamos mucho, demasiado. Y muchas veces no sabemos qué es o qué implica.
Vanguardia es una palabra relativamente reciente en español. Comienza a utilizarse en el S.XIX, dentro del ámbito militar, para referirse a la primera fila de combate. Y de ahí pasa al mundo de la estética, donde alude también a esa primera fila, a esa avanzadilla que revoluciona los lenguajes, que busca transformarlos y crear lenguajes nuevos.
Desde el primer momento la vanguardia tiene tres requisitos fundamentales: innovación, transformación y ruptura. No basta con innovar para estar haciendo vanguardia. Esa innovación tiene que transformar lo que antes se conocía en ese campo. Y esa transformación tiene que suponer una ruptura, marcar un antes y un después. Sin ruptura no hay vanguardia. Continuar el estilo que otros crearon no es vanguardia.
Según Peter Bürger, uno de los principales estudiosos de las vanguardias estéticas contemporáneas, la auténtica vanguardia altera la estructura lógica de las obras, tal como hasta entonces habían sido entendidas; es absolutamente libre en términos expresivos, es decir, escapa de referentes anteriores. Se caracteriza, además, por desordenar los parametros creativos anteriores. Así que, por resumir, la vanguardia se basa en lo anterior, rompe con él, desordena sus estructura y de ese caos resultante crea lenguajes nuevos.
Existen, según Bürger, las llamadas falsas vanguardias, que se caracterizan por concentrar su esfuerzo innovador en buscar nuevas relaciones de poder, por establecer nuevos diálogos y nuevos impactos con la sociedad y con los medios, más que en transformar los lenguajes.
Estéticamente, por lo tanto, la vanguardia es rupturismo y búsqueda de nuevos estilos. Se trata de un rasgo que comparte con la modernidad, ya que toda vanguardia es, por definición, moderna. Pero no todo lo moderno es automáticamente vanguardista. Es importante tener esto en cuenta.
A partir de ahí, en los años centrales del S.XX, el término vanguardia se va cargando de significados relacionados con el ámbito marxista. La vanguardia pasa a ser una corriente organizativa, anticipadora de un orden diferente, nuevo; pasa a cobrar un sentido utópico y anticipador.
Así que tenemos varias constantes: ruptura, renovación, innovación, transformación. La vanguardia es (según afirmaba T.W. Adorno) un sentido de la novedad. Pero más recientemente se ha propuesto que es mucho más que eso. Es un ataque (consciente o no) a lo institucionalizado. Es un permanente cuestionarse los límites, es preguntarse por qué constantemente. Es, por lo tanto, más una consecuencia que algo que se pueda perseguir.
Una vez que hemos establecido esta base teórica podemos pasar al ámbito culinario. ¿Cuántos cocineros/cocinas/movimientos ha supuesto una ruptura real con los lenguajes anteriores? No hablamos sólo de innovación, ya que esa es una constante, ni de modernidad; hablamos de verdaderas transformaciones del lenguaje. Muy pocos. En la cocina moderna, después de la codificación de Escoffier, me atrevería a decir que solo ha pasado en dos momentos: la Nouvelle Cuisine y lo que podemos denominar la vanguardia española del cambio de siglo.
La Nouvelle cuisine no rompe completamente con el lenguaje anterior, sigue ciñéndose a estructuras que en última instancia llevan a Escoffier, pero si que cambia el estilo. Rompe la línea anterior que viene de la alta cocina clásica del S.XIX para introducir la influencia oriental, la preocupación nutricional, para aligerar platos, para eliminar elementos superfluos. No es una revolución radical que arrasa con todo y arranca desde cero, pero si es una revolución de los conceptos, las técnicas y los recursos expresivos y estéticos.
La segunda gran revolución es la que queda simbolizada por el libro El Sabor del Mediterráneo. De nuevo hay una tradición de la que se bebe -que nace de Escoffier y que llega a través de la Nouvelle Cuisine y de la post Nouvelle Cuisine (Maximin, Bras...)- , pero a partir de ella hay una constante revolución técnica, estética y, sobre todo, una ruptura absoluta del lenguaje. Por primera vez en la cocina contemporánea se rompe la rígida estructura ingrediente principal + guarnición + salsa y se sustituye por algo completamente nuevo. Algo innovador, transformador y rupturista.
Pero no es ésta la única transformación. Se rompe el esquema canónico del menú y se replantea desde sus bases, se rompe la barrera entre mundo dulce y mundo salado... Esto empezó a fraguarse a finales de los 80, cuaja en los 90 y no ha vuelto a repetirse.
Y es perfectamente lógico que no se repita. En el S.XX ha habido tres grandes momentos vanguardistas en el ámbito culinario: la codificación (primeros años de siglo), la revisión (años 70) y la ruptura (años 90). Pasa, con suerte, cada 30-40 años. Así que de momento no toca.
¿Quiere eso decir que lo que viene a continuación es peor? En absoluto. En cocina, como en arte o en cualquier manifestación estética, se abre una fase realmente interesante. En pintura contemporánea, por ejemplo, la vanguardia no se agotó con el movimiento vanguardista propiamente dicho. De hecho, éste se conoce en historia del arte como "primeras vanguardias". A continuación vinieron las segundas vanguardias históricas. Y tras ellas la post-vanguardia. Se trata de un proceso de continuidad que va explorando los límites de la vanguardia pura, ensanchándolos en algunos casos, aunque no pueda definirse propiamente como vanguardia. La creatividad continua, la innovación también, pero la ruptura se da en momentos muy puntuales.
En la cocina actual pasa, en mi opinión, algo muy parecido. La vanguardia empieza a difuminarse en la primera década del S.XXI. A partir de ahí entramos en lo que podríamos llamar post-vanguardia culinaria, un momento en el que este nuevo lenguaje planteado se explora dando lugar a interpretaciones diversas, a un enriquecimiento de las propuestas. Ya no hay un canon clásico al que ceñirse, el lenguaje acaba de ser transformado, así que caben diferentes interpretaciones. Esto, trasladado a la realidad de la cocina de 2013, se materializa en la Nueva Cocina Escandinava, pero también en la nueva cocina brasileña o peruana. Ninguna es más vanguardia que otra. Todas son, en realidad, hijas de la vanguardia pura.
En ese abanico que se abre tras la eclosión vanguardista caben también enfoques tan diferentes como el de un Andoni Luis Adúriz, un Paco Morales, un David Muñoz, un Ángel León o un Quique Dacosta. Revisiones tan conceptualizadas como la de M. Bottura o tan personales (y a veces provocadoras) como las de C. Cracco o G. Achatz. Se están explorando los límites y es natural que nazcan planteamientos tan diferentes. Pero la vanguardia tuvo su momento. Y no es éste.
En la cocina española la creatividad continúa. Por caminos que, en ocasiones, ni nos imaginábamos. Nadie habría apostado por opciones como las de David Muñoz o Ángel León hace apenas diez años. A pesar de la crisis se siguen explorando límites y haciendo propuestas, basadas en la potenciación del papel del producto en algunos casos y en la tecnificación en otros; apostando por los territorios o por la globalización.
La crisis, al mismo tiempo, va añadiendo otras piezas al puzzle: la necesidad de monetizar la investigación, de rentabilizar el trabajo. Y ahí se pone sobre la mesa la relación entre los cocineros de primera fila y la industria, la cuestión de las asesorías, del cocinero-marca, de la transferencia de conocimiento. ¿Es malo que un cocinero colabore con la industria?. El tema está ahora mismo en el terreno de juego a raiz de la desconcertante (para mi) presentación de productos en spray que Andoni Luis Aduriz hizo en Madridfusión. Pero no fue el único: Dani Garcia presentó sus salsas, otros conservas, otras salsas diferentes... nada que objetar, siempre que esto no nos lleve a confundirnos. Puede ser necesario para sustentar los negocios (y por lo tanto la creatividad), puede ser incluso bueno, desde determinados puntos de vista, pero entraña el riesgo -muy cierto- de confundir, de que el público malinterprete, de que se llegue a creer que eso es la vanguardia. Y en ese momento se habrá perdido una batalla importante.
La cocina en la España del 2013 pasa por un momento de transición delicado. Un momento en el que los condicionantes económicos pesan mucho más de lo que se podría haber esperado. Es lógico que ésto afecte a la innovación y a los caminos que se escojan para seguir evolucionando. Y esto se suma a la complejidad de un momento de post-vanguardia ya de por si confuso. Es difícil hacerse un hueco ahí. Hacerse ver. Pero creo que la clave está en entender en qué momento del proceso estamos y en no aferrarnos a modos, estilos y -sobre todo- conceptos que son ya de otra década.









