Nunca fuimos amigos íntimos, aunque si estuvo muy presente en un par de años importantes en mi vida. En los últimos tiempos, por esos malentendidos tontos que a veces trae el trabajo, habíamos tenido menos relación, pero prefiero quedarme con el otro recuerdo.
Conocí a Pau en Sevilla, en 2009. Recuerdo una larga charla en una terraza de Triana con él, Roberto González (El Pingue) y Nacho Manzano. Pau tenía por entonces unos 23 o 24 años, si no me equivoco, acababa de empezar a trabajar en el mundo gastronómico y todavía no estaba muy convencido de que fuera su vocación. Al día siguiente coincidimos de nuevo en la fiesta de clausura de Andalucía Sabor. Creo que él, Toni Massanés y yo fuimos los únicos que no nos arrancamos a bailar, así que estuvimos charlando hasta la madrugada.
A partir de ahí tuvimos una relación intermitente: me llamó cuando vino a Santiago para que le recomendase restaurantes, nos vimos dos o tres veces en Barcelona, coincidimos varias veces en eventos de los que organizaba su empresa. Recuerdo una noche, en San Sebastián con él, Pedro y Marcos Morán y un par de platos de jamón Joselito. O una comida en un asador a las afueras de Santiago con Pepe Ferrer, Marcos Morán y varios cocineros del grupo Nove.
Admiré muchísimo aquella larga entrevista que le hizo a Quique Dacosta para 7Canibales. Reconozco que tuve envidia de un chaval que, con menos de 25 años, era capaz de plantear una charla así. Se lo dije. Hablamos poco después y le dije que tenía que escribir un libro con esos textos. Recuerdo que, ruborizado, me dijo que para eso ya estaba Pau Arenós.
Ese libro sigue ahí, pendiente de ser editado.
Cuando organizamos Gastrotechdays fue uno de los ponentes, junto a Stefano Bonilli, Duarte Calvao y Rachel McCormack de la mesa sobre blogs. Esa tarde, en el CETT, tuve una charla larga con él y con Salvador García Arbós sobre redes sociales y trending topics. Nos vimos esa noche, a la salida de la cena en la fábrica de Damm, pero hablamos poco. Desde entonces no habíamos tenido contacto. Y ayer nos llegó la noticia.
Pau y Roser, su madre, me ayudaron mucho en épocas complicadas. Hablamos, me orientaron, me animaron a seguir. Comimos un mediodía de verano en Barcelona y me dieron unos cuantos consejos. Eso es lo que queda al final. Fue una parte significativa de una época de cambios para mi y ahí se quedará para siempre.
Roser, un abrazo enorme.



2 comentarios:
Yo no tuve relación más que circunstancial con sus padres, con su madre, pero las pocas veces que coincidimos con él, con Pau, empatizamos mucho. Se dice así, empatizar: tener sentimientos parecidos al mismo tiempo. Cuando esto sucede con alguien a quien conoces sólo por su actividad pero con el que no has hablado, es que la cosa de las esferas de Magdeburgo emocionales funciona.
Con Pau funcionó. Dos veces hablé con él, una junto a ti, Jorge, también en el CETT (la única vez que lo he pisado: ya me hubiera gustado coincidir contigo y con Vador, menuda se hubiera organizado) y siempre tuve ese sentimiento de reconocimiento mutuo, ingenuo, epidérmico.
Podía haber sido perfectamente mi hijo (yo soy mayor que vosotros, ya lo sabes), y recibí la noticia de su muerte, la tarde del martes, cuando estábamos realizando un segundo Juicio de París/Paris con los cabernets sauvignon del mundo entero, a ciegas, y con un grupo de grandes catadores, hombres y mujeres del vino. Nos quedamos mudos: alguno ya lo sabía, la gran mayoría, no. Pensé "qué bonito tema para un artículo en 7 Caníbales", "qué bonito homenaje para Pau". Una muerte tan homérica, tan prematura, tan acerba, tenía que tener un homenaje a su altura, enorme. Lo veía joven, pero con la timidez y la sabiduría que cólo acaban dando los años. Lo veía capaz. Lo veía con una fuerza enorme empujando su proyecto. Y lo veía haciéndolo realidad. Tan difícil a esa edad...La vida nos lleva por caminos que no siempre elegimos. Siempre esperé ese mail o esa llamada que me invitara a escribir algo en 7Caníbales, una revista telemática que admiro: por Pau, por cómo la fueron construyendo, por tantos amigos tan reconocidos y sabios que escriben allí.
Ya tienen a un extraordinario colaborador (y amigo), que les escribe las notas del vino. Así que no les hago falta. Y por desgracia, ya no habrá mail ni llamada de Pau.
Tienen que pensar muy bien cómo dar dignidad al recuerdo de una muerte así, tan injusta, tan cruel, tan amarga, tan dolorosa, tan prematura.
Yo sé (y tú también, claro) cómo lo hacían los antiguos, que de esto sabían mucho más que nosotros: la mirada de Pau siempre estará conmigo, esa mirada tan especial, entre tímida, directa, taladradora, provocativa a ratos. Por lo tanto, su luz, la de sus ojos, nunca morirá mientras alguien siga mirando y escribiendo con el espíritu con que él lo hacía. Y mientras lo haga, piense en él. Lloraremos por ti, Pau, y beberemos el mejor vino que tengamos sobre tus cenizas. Pensaremos en ti: el vino que nace de la tierra nos ayudará. Y la mejor comida, el plato, la receta que le acompañe, nos recordará tu pasión. Así, nunca morirás del todo.
Los que quedamos por ti, no descansaremos por ti, miraremos y beberemos y comeremos y pensaremos y escribiremos por ti.
Un abrazo, Jorge.
Joan
Muy bonita historia sobre como conociste a tu amigo. Hay que seguir haciendo amigos, mientras mas tengas mejor. Nunca sabes cual de ellos te puede hacer falta en tu vida.
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