27.1.11

VENECIA


Hay ciudades a las que una cierta dejadez les siente bien. Es el caso de Lisboa, más aun de Oporto, seguramente de Sevilla, del barrio gótico de Barcelona, de Toulouse y por supuesto de Venecia. No todo es perfecto, ni falta que hace. Manchas de humedad en las paredes, contraventanas desvencijadas, tejas decoloridas por el sol o cubiertas de moho son parte del encanto.

Había estado en Venecia un par de veces antes. Y cada visita es distinta. La primera, con 16 años y en excursión del instituto. No hace falta decir más. La segunda, como esta, llegué en tren, aunque entonces era verano y han pasado ya casi diez años. La tercera, dadas las circunstancias y que la visita fue en temporada baja, con otro clima -y el día de mi cumpleaños, lo cual siempre predispone- fue completamente diferente. Anna conoce bien la ciudad, vivió allí unos cuantos años, asi que esta vez no era un turista más dispuesto a hacer todo el recorrido de los imprescindibles. No hubo plaza de San Marco, ni demostraciones de soplado de vidrio en Murano. Pasamos por el puente de Rialto de refilón, buscando sitios para tomar unos cicchetti, la versión veneciana de las tapas.


Aun con el frío de la mañana dejamos a un lado las calles principales, atestadas de turistas, y callejeamos por el Ghetto. Llegando al Campo di Ghetto Nuovo encontramos el horno Volpe Giovanni, con especialidades judías: Orecchie di Amman, impade, etc. Nombres que se me hacen exóticos pero que designan dulcen que no me resultan ajenos. Algo de la tradición sefardita debe de seguir vivo en ellos, cinco siglos después, como seguramente sigue vivo en muchos de los dulces tradicionales españoles. Yema, almendra, la textura de las masas. Es un tema que habría que trabajar.

Según se acerca el mediodía buscamos algún lugar donde tomar algo. La recomendación que llevábamos nos falla. No damos con el lugar. Venecia tiene muchas ventajas, pero la facilidad para dar una dirección o unas indicaciones precisas no es una de ellas. Seguimos. Una primera tapa, una croqueta de carne en versión local, en la Ostería La Vedova antes de cruzar Rialto y tomar un spritz (de Aperol) en Naranzaria. Seguimos picando cosas en la Cantina Do Mori, una de las más antiguas de la ciudad, con orígenes en el S.XV, según he leido después. Me sorprenden -por razonables- los precios. Y los pocos turistas.



Probamos las Sarde in Saor, uno de los platos clásicos de la ciudad (y otro de esos temas a los que tengo que volver, por la relación con los escabeches españoles), en otra ostería, aunque vamos de camino a tomar el postre y el café en la Pasticceria Tonolo, un bigné allo zabaione casi excesivamente sabroso (¿Es eso posible?), de relleno potente y alcohólico pero a la vez elegante. Perfecto para acompañar al café.

Seguimos callejeando, sin prisa, parándonos en librerías, en escaparates de anticuarios, en puestos de verdura instalados en barcas en algún canal. Entramos en iglesias, tomamos otro café en el Campo Santa Margherita mientra va ya anocheciendo. Nunca había visto Venecia de noche. Visitamos la Gallería della Accademia, no sé si decir decante o decaida. Seguramente un poco de ambas cosas, con algo más de la segunda. Pese a todo, aun con la sensación de dejadez de algunas salas, Tintoretto, Bellini, Carpaccio, Veronese o Tiepolo merecen con mucho la visita. Por un rato vuelvo a ser historiador del arte y a pasar de sala en sala fascinado con la historia que van contando: cómo los avances renacentistas del centro de Italia van llegando a la pintura veneciana a través de todo un proceso de ensayo y error, cómo los pintores de la ciudad desarrollan una serie de colores característicos, cómo Tiziano -uno de los tres o cuatro pintores clave de la historia del arte occidental, para mi gusto- se adelanta en siglos a los avances impresionistas. Me da bastante apuro visitar los museos con alguien. No quiero dármelas de enterado, pero al final siempre me dejo llevar. Deformación profesional, supongo.


Salimos de nuevo al frío. Al otro lado del canal está, iluminado, el Molino Stucky, una polémica rehabilitación de hace unos años que es hoy un hotel de una cadena americana. Volvemos hacia el tren. Todavía hay tiempo para que Anna se reencuentre con un viejo amigo y tomarnos algo juntos. Nos acompañan hasta la estación, sin prisa, charlando, entre otras cosas, de como se ve Venecia con ojos de turista y cómo se ve desde dentro. Sigo la charla y me hago entender, pero en algún momento tendré que ponerme en serio con el italiano (estoy en ello, más o menos).

Volvemos a casa. Me hubiera quedado a dormir, pero habrá que volver en otra ocasión para eso. En Pordenone nos espera una cassata napolitana. Pero esa es ya otra historia.

5 Comentarios:

Toni dijo...

La decadencia de Oporto y de algunas zonas del Lisboa es excesiva. Entra en el cutrismo.

Victoria dijo...

Bueno, a mi me encanta la decadencia de "Lisboa" o de "O Porto" son ciudades con unos rincones y unos edificios maravillosos. Es verdad que puede haber algún barrio o zona cutre, pero de eso hay en todas las ciudades, incluso aquellas más cosmopolitas.

En Venecia, estuve hace mucho tiempo y me enamoró, imagino que habrá cambiado bastante, pero seguro que mantiene ese encanto de ciudad única.

Saludos.

cannella dijo...

Sabes que espero espectante el relato del resto del viaje.

Claudia Hernández dijo...

Me gusta mucho el blog y tus sugerencias, ¿las fotos son tuyas? son preciosas.
EN cuanto a los comentarios acerca de "la cuasi cutre" decadencia de Lisboa" no estoy de acuerdo, creo que eso vestigios de lo viejo le dan a la ciudad un carácter único.
Saludos

Gourmetdeprovincias dijo...

Claudia,

Gracias por el comentario. Las fotos si son mías. Respecto a lo que comentas de Lisboa, estamos de acuerdo, eso es parte del encanto. Pero un paseo por Alfama, por Graça o por muchos otros barrios demuestra que, objetivamente, hay un deterioro evidente. Aunque ese es, como dices, parte de su carácter.

Saludos