
(Atención: texto de los largos)
Siempre he pensado que en el hambre casi endémica que pasaron grandes capas de la población gallega hasta no hace demasiado había algo extraño. Es decir, entiendo los motivos de muchas de sus carencias, pero nunca entendí muy bien por qué aquí se desaprovechaban recursos alimenticios que en otros lugares son de uso común y que, además, por esta parte del mundo abundaban: setas, caracoles, algas, helechos, algunas plantas silvestres, ranas, etc.
Algunos ejemplos contaban, desde mi punto de vista, con una explicación histórica razonable (las ratas, por ejemplo, no cuentan con muy buena prensa en Europa desde las oleadas de peste de finales de la Edad Media, por eso aquí no se comen y en otras partes del mundo si), pero otros seguía sin entenderlos. El libro de Marvin Harris Bueno para Comer me hizo darle vueltas al tema de los tabúes religiosos, pero la verdad es que no fui mucho más allá.
Hasta que el mes pasado, en San Sebastián Gastronomika, escuché a Anthony Bourdain teorizando, medio en broma, sobre cómo algún campesino francés hambriento inauguró la tradición culinaria del consumo de caracoles en aquel pais. Y lo que me vino a la cabeza es "¿Y por qué allí si y aquí no?". Es decir, con el hambre que se pasaba, con la escasez de proteina animal en la dieta y con la abundancia de este recurso, ¿Qué explicación lógica podía haber?. Y volví a acordarme de Harris y sus tabúes religiosos.
Pero había una traba. Nosotros y los franceses compartimos una misma cultura religiosa, así que, ¿Por qué iba a haber un tabú que lo fuera para los gallegos y no para los franceses?
Entonces me acorde de Martiño de Dumio y su De Correctione Rusticorum o, para entendernos, de cómo en el S.VI el obispo de Braga, por entonces la principal diócesis del noroeste peninsular, tenía que aplicarse a la erradicación de costumbres paganas que seguían muy vivas por aquí. Más que en otras partes del Occidente cristiano. Y recordé lo que el texto dice sobre el culto a determinados animales, a las aguas, a las fuentes y el uso de hierbas silvestres en hechicerías.
Así que pensé que tal vez fuera posible que en esa repugnancia tradicional de los gallegos hacia determinados elementos comestibles hubiese restos de una prohibición de carácter religioso relacionada con cultos paganos anteriores. Del mismo modo que determinados petroglifos prehistóricos se cristianizan grabándoles una cruz encima, que a muchos poblados de la edad del hierro se les construyó en la edad media una capilla en pleno centro o que las setas (venenosas algunas y otras alucinógenas. Y la relación entre alucinógenos y rituales no muy bien vistos por la iglesia está clara) tengan en gallego nombres tan explícitos como "pan do demo", "pan das cobras", etc. 
Pero ni siquiera es preciso irse tan atrás y recurrir a cultos pre-cristianos. Hay otros elementos más inmediatos que hacen que en una zona intensamente cristianizada, como lo fue Galicia, determinados animales sean tabú.
No voy a entrar en el tema de la serpiente en el mundo cristiano, porque es de sobras conocido. Serpiente=demonio y por lo tanto no se come. Punto. Pero ¿Y el caracol?
El caracol comparte con la serpiente el modo de trasladarse, reptando. Por otro lado, eso hace que esté en permanente contacto con el polvo. Y que la relación con el polvo no es buena para el cristianismo está claro desde el principio: Y Jehová dijo a la serpiente: por cuanto esto hiciste, maldita serás entren todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás y polvo comerás todos los días de tu vida (Génesis, 3:15). Parte del castigo bíblico a la serpiente consiste en la condena al contacto permanente con el polvo. Así que, ya desde el Génesis, contacto con el polvo = impureza.
Pero es cierto que de momento el tema del caracol está cogido un poco con pinzas. De todos modos, si nos vamos a los Salmos (58:8), donde se habla de los impíos, veremos como de estos se dice: Pasen ellos como el caracol que se desliza; como el que nace muerto no vean el sol. Así que el caracol ya no es solo impuro, sino que se convierte en la representación de lo impío. 
Es de esa manera cómo el caracol se va convirtiendo en un animal gastronómicamente poco apetecible. Pero en la edad media la cosa va a más. Se conservan en Europa cerca de un ciento de representaciones, casi todas góticas, en las que un caballero lucha contra un caracol gigante. Algunas de ellas, sobre todo en Francia y en un periodo muy concreto, tienen un carácter satírico y aluden a la supuesta cobardía de los lombardos (es una historia demasiado larga para contarla ahora). Pero en otros contextos el caracol alude a otros temas de connotaciones siempre negativas para la mentalidad cristiana medieval: es una representación de lo impío (una vez más), una plasmación gráfica de la tentación de algunos pecados como la lujuria o la cobardía, representa al usurero (por lo general a los judíos, aunque en ese sentido también alude en ocasiones a los lombardos), etc. Vamos, que el caracol, todavía en los SS. XIV-XV seguía sin significar nada bueno. Sintetizando mucho, en esas imágenes de guerreros contra caracoles se representa la lucha del bien contra el mal, de la virtud contra el pecado.
Y el tema acaba por pasar a la tradición popular. Aunque, reconozcámoslo, un caracol no es una serpiente, impone menos. Digamos que en la escala de animales impuros, de los que se arrastran o de los que están en contacto con las aguas, la serpiente está en la primera escala y queda reservada para los valientes (la lucha con el dragón, por ejemplo) y los otros, menos imponentes, se convierten en rivales para los cobardes que, de algún modo, quieren probar su valentía enfrentándose al mal.
Armando Cotarelo Valledor, en su Cancioneiro da Agulla, recogía el siguiente cantar gallego:
Pola ponte de Sigüeiro
vintecinco xastres van
coas tixeiras abertas
para matar a unha rán
Veinticinco para enfrentarse a una rana. Podría parecer una simple composición satírica, pero el tema de los sastres cobardes (en general cualquier armado con tijeras en lugar de con una espada) es otra constante en el folclore. En Cataluña, por ejemplo, existe esta otra versión
Vint-i-cinq sastres corrien
cap al pont de la Cabreta;
tots duien les estisores
per matar una reineta
(Versión de Joan Amades: Folklore de Catalunya. Ed. Selecta, 1982).
De nuevo veinticinco sastres que van a matar a una rana.
Y en Aragón:
Doscientos esquiladores
salieron desde Aragón
con las tijeras abiertas
a esquilar a un caracol
(Lucía Pérez García: El dance de Jorcas. Teruel, 1983)
Es decir, en el imaginario popular, enfrentarse al caracol o a la rana es, aunque sea en una versión para cobardes, enfrentarse a lo impuro. 
Así que tenemos a una serie de animales que al menos desde la Biblia tienen connotaciones negativas, que además representan lo impuro, que en la edad media pasan a representar el pecado en general y en ocasiones a los infieles y que, por último, siguen al menos hasta comienzos del S.XX en el imaginario popular cargados de connotaciones negativas. Vamos, como para hincarles el diente.
Es posible que se me diga que eso valdría para toda la Europa cristiana, y puede ser cierto, pero repito lo dicho antes: si aquí cristianizamos castros y en otros sitios no, si aquí en el S.VI los obispos tenían que llamar al orden y en otros sitios algo menos, cabe la posibilidad -es solo una hipótesis de trabajo- de que los prejuicios frente a caracoles, ranas, serpientes o setas calasen más profundamente que en otras partes de Europa. Tal vez por eso aquí nunca nos decidimos a cocinarlos. El hambre es demasiado poderosa como para dejar pasar un recurso alimenticio sin tener una buena justificación. Y esta lo parece.
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Hace 19 horas


7 Comentarios:
Es que partes del principio, un poco mitológico de que Galicia era más pagana que los demás... Eso es parte de la victimización y del mito del buen salvaje violentado por sus invasores. A lo que voy... el obispo de Bracara Augusta (Braga), diócesis más que romanizada, a pesar nuevamente de los mitos, también lo era del actual Portugal, también país católico y lleno de mitos paganos. La cantidad de kgs de caracoles y caracoletas que se devoran en tierra lusa no me parece un hábito de nueva planta.
Lo mismo con otras tierras cristianas e insondables: el pirineo catalán, aragonés, navarro y todo euskadi.
Me parece interesante como tema... pero creo que, en lo de las setas se debe a que el riesgo/beneficio era alto. En los caracoles, probablemente era una cosa de costumbres o de convención, sin más. Harris siempre busca una intención en sus tabús, por otro lado.
Eduardo:
Gracias por el comentario. Ten en cuenta que, sin embargo, en las zonas de Portugal donde es más común el consumo de caracoles (al igual que pasa en el sur de España), este período del que hablamos, desde San Martiño Dumiense hasta el S.XV, lo pasaron en buena medida fuera de la esfera de cristianización más intensa.
Por otra parte, yo no digo que Galicia sea más pagana que los demás, sino que aquí parecen haber pervivido determinados elementos paganos hasta bastante tarde. Y no se trata tanto de eso como del empeño cristianizados, más intenso aquí que en otras zonas. Por poner un caso que conozco: la cristianización de petroglifos mediante el grabado de cruces fue aquí en el Noroeste, especialmente intensa comparada con otras zonas europeas. Lo que hago, únicamente, es un paralelismo con ese fenómeno.
De todos modos, es simplemente una hipótesis de trabajo que habrá que ir matizando.
Muy interesante perspectiva. He disfrutado mucho leyendolo. Seguro que recordará las palabras de J.Camba al respecto del primer hombre que se comio un caracol... "ciertamente no fue un epicureo"
un saludo
Concordo no que dis de que a túa "hipótese de traballo" requiríria unha pouca máis de matización. E seguramente de reflexión (miña, por suposto). Despois de ler o post dúas veces non tirei nada en limpo, agás un empacho de erudición. E a cita a Harris está un pouco pillada polos pelos, sempre na miña opinión.
Un saúdo.
Gracias polo comentario. A verdade é que a hipótese é a seguinte: non se deixa de aproveitar un recurso alimentario por capricho senón por condicionantes culturais. O que intento no texto e atopar a fonte dos mesmos e penso que toda esa iconografía medieval que comento pode aportar algo. Pero é certo que hai que seguir traballando no tema e tratar de sintetizar máis.
Saúdos
Muito interessante esta hipótese de trabalho para justificar
"Não se deixa de aproveitar um recurso alimentar por capricho mas sim por condicionantes culturais". O escasso, para não dizer nulo consumo de cogumelos silvestres e de caracóis no Minho, chamou há muito a minha atenção.
É um facto que no Minho, ainda hoje, apesar da abundância de cogumelos e de caracóis, não surgem nos livros de receitas e, diria eu, que pouco se comem.
Filha de mãe catalã, habituei-me a apanhar e comer uns e outros desde pequena.
A explicação sugerida para a Galiza é certamente pertinente para o Minho.
Lembro que a São Martinho de Dume se deve a designação usada em Portugal - e na Galiza - dos dias da semana em substituição dos nomes latinos pagãos.
Para saber mais sobre o assunto cf. http://www.canonigos.org/2011/01/7-de-dezembro-de-2010-sao-martinho-de-dume/
Um bom ano e boas crónicas. A. Nonell
Yo lo veo más desde el punto de vista biológico-cultural que cultural, los caracoles son fuente de parásitos y enfermedades, además está la neofobia ingestiva.
Sea como sea la especie de caracol que la gastronomía europea come, fue exportado por monjes fuera de Italia a el Sur de Francia, y con los monasterios cluniacenses se llevó al resto de Europa donde fue ingerido por monjes y en algunos casos permeó a la población general.
Europa hasta la época del óptimo climático medieval y la pesca de arenques no fue un continente demasiado poblado como para que la cultura permeara a variar mucho a consumir alimentos diferentes a los tradicionales de cada región.
En el Caso de Galicia las hambrunas hasta donde yo se fueron cosa que empezó ya por el siglo XVII o XVIII, antes de esto aunque estaba la ley feudal de la subdivisión ad nauseam de tierras hasta básicamente hacerlas improductivas, no afectó la región hasta mucho después de que ya estaba instaurado el consumo de muchos alimentos y bebidas exportados por el cénit del movimiento monacal.
Claro esto no quita que una interprestación netamente simbólica como la que das no sea pertinente, de hecho la aplaudo.
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