
Hasta los usos de las palabras nos condicionan en cierto sentido. Para decir que el sabor amargo me resulta agradable es lógico decir lo de dulce sabor amargo. El lenguaje ha codificado aquello de que dulce es igual a bueno y amargo es igual a malo. Hasta ahí llega la cosa.
Sin embargo, me parece fascinante que siendo el amargo sinónimo de difícil, cuando no de malo, sea el sabor probablemente más interesante desde muchos puntos de vista. Y lo es, sobre todo, porque seguramente es, de todos los sabores básicos, el único que nos gusta por condicionantes culturales. Es decir, el dulce, los productos calóricos, el sabor umami relacionado con las proteinas o hasta el salado son en buena medida preferencias naturales. Nos ayudan a decidirnos por alimentos calóricos o que nos permiten cubrir nuestras necesidades de nutrientes. La sangre de otros animales es salada, como lo es en cierta medida la carne cruda, por ejemplo. Por eso a la mayoría de los carnívoros nos atrae el sabor salado. Y lo mismo podríamos decir de la afición de los osos a la miel o de las ardillas a las avellanas. Al fin y al cabo no somos tan diferentes en eso.
Pero el amargo es diferente. El amargo nos repele de manera instintiva. Tanto es asi que la inmensa mayoría de los animales no están capacitados fisiológicamente para discriminarlo claramente. Sencillamente porque no entra dentro del espectro de los sabores de su alimentación. Somos el único de los grandes mamíferos que distingue el amargo como un sabor independiente. Y según muchos antropólogos eso nos ha permitido evolucionar. Incluso hay una teoría, no sé si un tanto pillada por los pelos, que asegura que el homo sapiens sobrevivió y el neandertal se extinguió porque nosotros teníamos un gen que nos permite discriminar el amargo, mientras que los neandertal, que carecían de esa capacidad de diferenciación (eso si está demostrado), acabaron por consumir excesivas toxinas vegetales que favorecieron su desaparición. No sé si hay datos suficientes, pero en cualquier caso la hipótesis da cuenta de la importancia de nuestra aversión natural por ese sabor. Pensémoslo, la cicuta es amarga, el cianuro sabe a almendras... amargas. Podríamos seguir, pero creo que son ejemplos suficientemente explícitos por si solos como para dejar claro por qué el instinto nos pide a gritos alejarnos de esos sabores.
Y sin embargo nos seducen. Me encanta la idea de que seamos capaces de domesticar nuestro instinto para convertirlo en una fuente de placer gastronómico. Pero eso introduce nuevas dudas ¿En qué momento fuimos capaces de saltar por encima de nuestro instinto y aficionarnos a algo que por naturaleza nos repugna? y, mejor todavía ¿Por qué lo hicimos?
De nuevo nos movemos en el terreno de lo indemostrable. Si algo no se ha conservado de la prehistoria -de la que por lo general se ha conservado más bien poco- son las mentalidades. Así que podemos teorizar, pero poco más. Hay quien interpreta que en algún momento prehistórico determinados rituales mágicos o religiosos pudieron incluir en consumo de tóxicos naturales, drogas que indujeran al trance o a estados alterados de conciencia. De hecho, la relación entre esos trances inducidos y la creación de arte rupestre parece más que probable. Pues bien, la teoría va más allá y propone que esos elementos empleados en los rituales, que estarían reservados exclusivamente para chamanes, brujos, guerreros, jefes y otras élites serían, más que probablemente, amargos. Es decir, el consumo de productos amargos sería visto como un atributo de las élites. Y como tal sería deseado por el resto de la sociedad. Consecuencia: en cuanto pudimos nos dimos al consumo de productos amargos. Y a fuerza de insistir acabaron por gustarnos.
Indemostrable, si, pero ¿A que resulta sugerente la idea de que cuando nos tomamos una tónica por el simple placer de hacerlo estamos, en realidad, repitiendo un gesto adquirido que puede haber llegado a nosotros desde los chamanes paleolíticos? Si eso no es una tradición gastronómica ancestral, ya me dirán.
En cualquier caso, y saliendo del terreno de lo hipotético para meternos de lleno en las cocinas actuales, lo cierto es que en los últimos años el amargo ha ido ganando cierta relevancia como campo de estudio culinario. Ya no solo está en aperitivos y combinados (Campari, bitters en general, Cynar, licores de chinotto, de genciana, de ajenjo, de ruda...) sino que se abre paso en los menús.
Pienso, por ejemplo, en todo el trabajo que desde El Celler de Can Roca proponen sobre el Campari (almejas con sorbete de pomelo y Campari, bombón de pomelo con Campari, la cereza con anchoa y Campari...), pero también en el risotto de espárragos con naranja, Campari y cochinillo de Enrico y Roberto Cerea (Brusaporto, Italia), la investigación de Marcos Morán sobre ese tema (verduras con aceite de argán, aromas de huerta, leche quemada y café; Torrefacción (bizcocho quemado, chocolate, café, humo y vinagre balsámico); Argán blanco (nabos, coprinus, espárragos blancos, la resina en el plato... ¿A qué sabe un árbol); ensalada tibia de nabo, ventrisca de cerdito y toques de naranja, argán, café y pimentón de La Vera, ...).
No hace falta poner más ejemplos, aunque se podría, para darse cuenta de que hay ahí, en ese terreno de los instintos domesticados, un campo de experimentación inmenso. No somos los primeros en jugar en ese campo. Al menos desde Roma, y probablemente desde antes, jugueteamos con la fascinación de lo que de entrada nos repele, pero tal vez ahora más que nunca estamos, de una manera sistemática, explorando sus límites, su capacidad para insertarse en un menú, sus posibilidades culinarias.
Es curioso, al final desde la prehistoria hasta aquí hay cosas que no han cambiado tanto y que nos siguen engatusando de la misma manera hoy que hace miles de años. Me gusta enfocarlo de esa manera cada vez que me siento ante uno de los platos mencionados o, sin ir tan lejos, ante un negroni bien preparado.
Taller Dolcitalia, postres italianos en Sevilla
Hace 17 horas


9 Comentarios:
Qué buena reflexión. Es volver al lejano y recordado anuncio de la tónica, "es que la has probado poco" así nos pasa con el amargo e incluso con el picante. Es rechazado por el cerebro por instinto protector innato pero algo nos hace de desafío a probar otro poquito y le tomamos el gusto.
Así pasa con la cerveza y su espuma amarga y con tantas cosas, que disfrutamos después...
Sin duda algunas de las sugerencias que haces nos fascinan por el contraste, el amargo nos hace valorar el dulce, el salado el umami y el ácido, por ejemplo en esa cereza con anchoas y campari, el dulce de la cereza y su ácido deben parecer más dulces al contrastar con el umami y el salado de la anchoa y el amargo del campari.
Un abrazo
Es que lo mío es una debilidad clara por el amargo. Y últimamente más. Por eso me interesa saber de donde viene esa atracción hacia algo que en principio nos repele. Y resulta que, revolviendo, vas encontrando que la cosa tiene mucha más miga de que de entrada te imaginas.
Saludos.
Hola Jorge,
La verdad que el tema que has tocado para mi también es un mudo apasionante.
El producto que conozco mejor es el chocolate, es curioso que una cobertura negra al 70% de cacao total contiene mas o menos un 29% de azúcar. En cualquier otro producto seria algo "extra dulce" y en caso de la cobertura, la mayoría de gente la encuentra amarga.
Los sólidos de cacao se puede decir que "neutraliza" el dulzor. Un chocolate negro con un 55% de cacao total contiene un 45% de azúcar, es una cantidad elevada que la mayoría de consumidores es el que le gusta, porque lo nota un poco dulce ¿poco dulce? tiene un 44/45% de azúcar.
Otra gran diferencia del amargor es que no tiene una escala de medición, ¿que de amargo es o que numero se le asigna al cafe o el chocolate? la respuesta es que no lo sabe nadie.
En los azúcares tenemos una tabla con el poder edulcorante de cada tipo de azúcar. La sacarosa tiene un poder edulcorante de 100 y la miel de 130.
En la acidez pasa lo mismo, con un "peachímetro" podemos evaluar si un producto es ácido o alcalino.
Por eso y muchas cosas el amargo es tan fascinante. Muy buena reflexión, un saludo.
A mi me encanta el retrogusto amargo de los blancos de verdejo.
Magnifico post.
La lectura de este , me ha recordado una conversación que tuve este verano con una amiga que se dedica a mejorar el gusto de las medicinas que nos rectan, sobre todo en jarabes. Y sobre el amargo sabor de algunas medicina, me comentaba que si bien a los niños se les aplican gustos dulces para que puedan tomarlas. En los adultos se usan más bien amargos, porque hay una asociación entre amargor y curación, Cuanto más amargo, más cura. Según su teoría esto tiene que ver con que la mayoría de los remedios de botica herbal son amargos...( El amargo suele ser el sabor de lo venenoso o dañino). Si dominamos el veneno convirtiendolo en cura, pues todas las curas suelen ser aplicaciones de venenos en mayor o menor grado, para ser creible ese dominio el brebaje debía contener el sabor del veneno y las nuevas propiedades mágicas......
Teoría de verano de antroppologos aficionados surgida al calor de la lumbre, añorando la otoñal temporada de setas....
>>>ncluso hay una teoría, no sé si un tanto pillada por los pelos, que asegura que el homo sapiens sobrevivió y el neandertal se extinguió...<<<<
No, no llega ni a pillada por los pelos.
Millán Mozota:
El estudio sobre la diferencia genética entre neandertales y homo sapiens respecto a la percepción del amargo fue desarrollado por el Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona y un avance de los resultados publicado en la revista Biology Letters.
A partir de ahí se suscitó un debate antropológico que no conozco en detalle en el que se discutía sobre la importancia de la carencia/presencia de ese gen (gen TAS2R38) en la evolución de una especie y la extinción de otro. Una vez que se abandona el terreno de las pruebas físicas y se entra en el de la interpretación es difícil decir si alguien tiene más razón que otro, pero el hecho de que se trata de un debate académico me parece que le da, al menos, un mínimo de rigor científico al asunto.
Saludos
En mi blog he publicado notas que -creo- permiten entender lo absurdo y a-científico que resulta un hecho estadístico comprobable: la masiva hiper-inflación de hipotesis y teorias sobre la "extinción neandertal", a cual más bizarra. Apenas 2-3 de los cientos que "teorias" que existen tienen cierta base en la evidencia (Y por cierto que no, la del sabor no es una de ellas).
Esa hiperinflacion viene motivada, a menudo, y con particular inquina, por trabajos "paracaidistas": ajenos al menos al 90% de los ambitos de investigación pertinentes... a menudo sólo ligados, lateralmente, a algún ámbito de investigación REAL sobre las sociedades humanas del Pleistoceno. Son "trabajos" de autores que apenas conocen nada del conjunto amplio y complejo de los registros: arqueológico, paleoambiental, paleoantropológico o (¡tb.!) genetico... Es decir apenas _entienden_ que existe un rico registro _real_ sobre las poblaciones neandertales.
Enfrentarte a ese tipo de trabajos/afirmaciones es -en cierto modo- como tratar con la pseudociencia: tienes la sensación de estar frente a alguien que cree firmemente haber encontrado una gran verdad, pero te das cuenta de que, debido a su absoluta incomprensión (por ignorancia) del contexto en su conjunto, solo dice cosas sin sentido... pero, a la vez, te das cuenta que tendrías que explicarle TODO desde EL PRINCIPIO y ya no te quedan ni tiempo ni ganas... Y lo peor es que, a menudo da igual lo que te esfuerces, porque muchas veces te enfrentas tan solo a individuos que, simplemente, pensaron que su trabajo tendría más "impacto" sien ealguna parte ponían "extinción neandertal".
Estimado Gourmetdeprovincias,
buenísimo post, me ha encantado, entre otras cosas porque soy amante de lo amargo (también porque creo que hay detrás mucho conocimiento, trabajo e ideas propias).
¿Se podrían sumar a tus ejemplos (Can Roca,Casa Gerardo, etc...) los muchos platos que probé hace unos días en El Bulli donde la referencia gustativa, principal o coprotagonista, era el amargo: Campari en teja, fresa mimética (rellena de Campari), galleta de té (donde se mezclaba lo ácido con lo amargo en una -digamos- arriesgada mezcla), bombón de gorgonzola (con una cobertura de chocolate amargo; plato también complicado...); cocktail de almendra-fizz con amarena-LYO, y algún otro.
Creo que la preferencia por lo amargo podría denotar alguna conciencia adicional por el sentido del gusto.
Un saludo, y gracias por el post.
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