
El otro día, tras una excelente comida en la Fonda Gaig de Barcelona (post sobre la misma en breve)me quedé dándole vueltas al asunto. Excelente comida, si. Y excelente comida catalana, por lo muy poco que sé del tema. ¿Excelente comida de cocina tradicional? Si. O más bien si, pero...
Me explico. En un texto centrado precisamente en este restaurante Philippe Regol hablaba sobre los signos de la modernidad: plato cuadrado, reducción de balsámico y, en definitiva, todo aquello de lo que en alguna ocasión hablé como "la dictadura del plato cuadrado" y que no son más que signos, elementos que pretenden crear un disfraz de modernidad. Regol aludía a ellos contraponiéndolos al tipo de cocina que Gaig hace en su fonda, a la que desde luego no podemos acusar de disfrazarse de modernidad.
Pero con la tradición pasa lo mismo que con la modernidad. Y no digo que sea el caso de la Fonda Gaig, ojo, en la que el servicio y la ambientación te dejan bien claro que aquí no se juega a la recreación fiel, a travestirse de restaurante tradicional. Del mismo modo que hay toda una serie de signos de la modernidad hay también una serie de signos de la tradición. El problema suele ser que los de la modernidad los vemos venir de lejos y los otros nos cuestan más.
La Fonda Gaig, por ejemplo, me ha parecido un gran restaurante, un lugar que permite disfrutar del recetario clásico catalán bien ejecutado y en un ambiente agradable. Ahora, yo no sé si diría que es un restaurante tradicional. Y así está bien. Es un restaurante de cocina catalana clásica, pero con un ambiente contemporáneo y en el que, además, la cocina clásica catalana se pasa por un filtro, se ofrece de una manera en la que probablemente no se ofrecía en los restaurantes hace 100 años. A eso me refiero.
¿Qué es la tradición? La pregunta se las trae.
Volvía sobre el tema unos días más tarde, desayunando en una terraza en El Born. Frente a nuestra mesa un grupo de turistas del norte de Europa se sentó y pidió su jarra de sangría para acompañar un surtido de tapas... digamos heterodoxo. Seguramente hoy están de vuelta en Holanda, en Dinamarca o en donde sea y están encantados con su cuota de cocina española tradicional. Tal como yo lo estuve cuando viajé a Túnez, a Toscana o a cualquier otro sitio. Y en cierto sentido es indiscutible, porque los signos están ahí, en su sitio: ¿Tapas? Españolas, ¿Sangría? Española, ¿Terracita a la sombra en verano? Bastante española también. Pero, entonces, ¿Por qué aquello que para ellos era la experiencia española al completo a mi me hace chirriar los dientes?. No lo sé, no lo tengo muy claro, tal vez simplemente porque esos signos en concreto son más evidentes para mi que para ellos. Veo más la costura del disfraz.
Y con la cocina tradicional pasa otro tanto, aunque las costuras ya no nos resulten tan obvias. ¿Qué es la cocina tradicional? ¿La burguesa, la popular o ambas? Una comida que combine cosas de esas dos tradiciones, un capón trufado, por ejemplo, junto a unos bolos do pote ¿Es tradicional? Yo lo dudo. Sus elementos por separado pueden serlo, pero la suma de ambos es una ficción histórica.
Ficción histórica. He ahí la cuestión. Pensemos en un castillo de Disney, en el cartón piedra de una película de romanos de los años 50. Son bonitos, son aparentes, cumplen su función. A quien no tenga más referencias le valdran. Pero son falsos. Una ficción histórica. Puede que sus componentes estén aproximadamente tomados de la realidad, pero el conjunto no se parece a nada que existiese en ningún momento. Y está bien. Como ocio, como elemento creativo está bien. Al menos siempre que no se engañe a nadie y se intente decir que el castillo de la Bella Durmiente está basado en referentes reales.
El problema en cocina es ese. Solemos encontrarnos, por desgracia, con demasiados vendedores de "la cocina tradicional es esto o aquello" y corremos el riesgo de convertir esas ficciones en algo que creamos real. Es un problema por el que la arquitectura y la restauración, por ejemplo, pasaron ya a finales del S.XIX y que han superado hace más de un siglo. Lo que hace quien nos vende auténticos restaurantes tradicionales es lo mismo que hizo Violet-le-Duc con la catedral de Notre Dame o con Carcassonne: vendernos una ficción. Muy bonita, muy aparente, muy adaptada a lo que nostros creemos que tiene que ser una catedral gótica o una ciudad fortificada medieval. Pero, en última instancia, una mentira. Vender eso como una cocina importante es como intentar vender la catedral de La Almudena como una gran obra de arquitectura religiosa cuando no deja de ser más que un triste remedo de elementos medievalizantes fuera de tiempo y de contexto. Estaríamos haciendo simple cocina en estilo (por adaptar el término arquitectónico "restauración en estilo").
Lo que hace Gaig en su fonda es algo mucho más interesante y mucho más inteligente. No hace cocina en estilo, no nos vende la versión cocina catalana de la sangría y las tapas para guiris. Volviendo sobre términos arquitectónicos si lo otro es una cocina en estilo él ofrece una anastilosis. Retoma piezas originales, las estudia, las contextualiza y sobre ellas ofrece una construcción de raices obviamente tradicionales y catalanas pero que deja bien claro que es algo construido ahora y para un cliente actual. No se enmascara. Y ahí si encuentro un juego interesante. Puedo probar los estupendos macarrones del cardenal con la receta de Domenech, un cap i pota de tipo tradicional que estaba al menos igual de bueno, unas albóndigas con sepia, unas croquetas de rostit... Dudo que en una auténtica comida tradicional todo eso hubiera llegado a estar sobre la misma mesa al mismo tiempo, pero nadie me lo vendió como tal. Y disfruté enormemente de todos los platos. Tal vez porque nunca me sentí como el turista frente a su pack de tapas + sangría. Con la cocina de Gaig disfruté porque no deja que pase lo que pasa cuando miramos la foto que ilustra el post. Todo está en su sitio: la casaca, la peluca y lo demás. Pero luego vemos la farola, el edificio del fondo o al chico de las gafas de sol y la tramoya se desmorona.
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Hace 2 días


9 Comentarios:
No puedo estar mas de acuerdo. Además ahora se lleva mucho señalar la impostura del vanguardismo (a menudo no cuesta mucho de encontrar, sinceramente) y sin embargo está bien que alguien señale que la hay igualmente en muchos que se maquillan de tradicionalistas.
Sinceramente (otra vez, heh) a mí lo que me gusta es la buena cocina y los adjetivos que vienen luego ya algo menos :)
Muy de acuerdo con Jorge y con el último parágrafo de satrbase. No entiendo por qué hay quién que se sigue empeñando en enfrentar estilos.
Yendo a la cocina tradiconal catalana, la verdad es que como catalán, creo que estamos viviendo un gran boom de este tipo de establecimientos, sobre todo segundas marcas de grandes cocineros que deciden diversificar negocios. Me gusta el termino de cocina tradicional revisada, ya no hace falta poner un "porró" en la mesa para beber el vino, ni tampoco adornar la sala con fotos de sardanas, pero a lo que no pienso renunciar es una buena escalivada, o un fricandó, o esa botifarra amb seques...
Visca la cuina catalana! Des de Adrià a Fonda Gaig. Quién lo supera...jeje.
yo creo sinceramente que la cocina tradicional todavía no se ha revisado todavía como a mi entender debería hacerse, me explico:
Estamos de acuerdo en que una merluza a la gallega, un caldo, un cocido, una empanada son platos tradicionales, arraigados a una cultura y costumbres, hasta el punto de identificar claramente un plato con una región determinada, ahora bien, ¿cocinamos bien esos platos tradicionales?, en mi opinión casi nunca.
Está claro que la cocina ha evolucionado enormemente en los últimos años (no para bien en todos los casos), pero esta evolución no se ha reflejado en el recetario tradicional, no al menos tanto como debería.
Hace años no sabíamos el por qué una merluza queda mejor a 63º vapor que cocida en agua, el por qué un ligero escaldado le quita amargor al grelo, el por qué no debe llegar a ebullición un caldo para que no se enturbie, y tantas soluciones técnicas y científicas que no se sabían y hoy día son conocidas por cualquier profesional que se precie.
En mi opinión cuando el recetario tradicional asuma la técnica, entiéndase técnica la correcta aplicación de las temperaturas y manipulación, no pretendo que un ama de casa tenga una Gastrovac en su cocina, solo entonces podremos decir que la cocina tradicional ha sido revisada, aunque pensándolo bien, ¿es necesaria esa revisión?¿que porcentaje de clientes es habitual de restaurantes de vanguardia? pocos, lo puedo afirmar y, ¿todos esos que no son habituales de este tipo de cocina tenemos que considerarles más ignorantes que los que si los visitamos a menudo??, creo que en la diversidad está la riqueza, y es bueno que haya todo tipo de restaurantes siempre y cuando el que está a los fogones sea un tipo honesto y profesional (no siempre ocurre por desgracia) y no nos venda merluza del Hipescar nadando en una salsa harinosa y nos la venda como merluza de anzuelo con ......... a 25€.
Tengo una opinión muy clara y diáfana de la cocina de los últimos 10 años y en lo que se ha convertido la cocina actual en general, y lo único que respeto por encima de todo es nuestro recetario tradicional, ¿quedará en la memoria el recetario vanguardista actual??, estoy seguro de que no, porque llega a una cantidad ínfima de población y maneja técnicas imposibles para el ciudadano de a pie.
Para mi la tradición, culinariamente hablando es el arraigo de alimentos, técnicas de cocinado y productos asociados a una región, asociados de forma física, histórica y cultural, que ha alimentado a generaciones enteras, independientemente de que su técnica la consideremos correcta o no con los conocimientos actuales.
En mi opinión, la cocina tradicional sería perfecta aplicando las temperaturas y tiempos correctamente, yo sinceramente no me fijo en que lo que me sirven venga en un plato más o menos bonito (aunque en muchos casos el efecto sorpresa funciona), si el vino está en una copa Riedel o en una del Ikea, cada profesional en su casa hace lo que puede y quiere, e invierte su dinero de la forma más placentera, es decir, yo puedo preferir comprar el mejor pescado y tener una vajilla mediocre, o puedo preferir una gran vajilla con un pescado mediocre, todo es respetable siempre y cuando seas honesto y cobres las cosas por lo que valen, lo contrario es un engaño (y tristemente tambien funciona demasiadas veces), sinceramente, yo prefiero un buen pescado bien cocinado en un plato de duralex, que un pescado mediocre en una vajilla de 60€ el plato, la inversión en gadgets (vajilla, cubertería, maquinaría no siempre necesaria, etc), muchas veces supera la calidad del producto final, pero es que tambien hay clientes que prefieren un producto pasable en un entorno de lujo, y clientes que prefieren un gran producto en un entorno más "normal", sumar lujo y producto es siempre apostar por locales de más de 70€ el cubierto, en Galicia no hay más de 6 restaurantes que aunen lujo y producto a precio lógico, pero si abundan sitios de muy buenas instalaciones con productos mediocres a precios poco justificables, y esto es lo que no se puede convertir en tradición.
es primera vez que llego de visita a este blog y estoy fascinada.
Un abrazo
edith
La Brujita
Tu post invita al debate y eso es positivo. En una entrevista reciente, Santi Santamaría citaba con desprecio los canelones de la "yaya Quimeta" como ejemplo de lo que encuentras en algunos restaurantes: la cocina tradicional como moda.
Y eso pasa a menudo, por desgracia, aunque hay excepciones como el propio Ramon Freixa, Fermí Puig o las hermanas Rexach en el restaurante Hispania, para mi el mejor restaurante de cocina tradicional catalana.
Preguntabas qué es la cocina tradicional. No lo sé aunque creo que si una cocina quiere ser tradicional forzosamente tiene que ser local, tiene que reflejar los productos de un territorio, eso que Josep Pla mencionaba como la "memoria de un paisaje" en la mesa.
felicidades por tu blog,
antoni
Excelente entrada.
El comentario de younganissa, en el que menciona a Santi Santamaria, me hizo recordar un duro post reciente del chef catalán en su blog, "Mil maneras de desplumar a un incauto" http://blog.santisantamaria.com/2010/07/mil-maneras/ . En él, Santamaria proclamaba que buena parte de la cocina neotradicional "es una ofensa a nuestros abuelos que a menudo no obedece más que al deseo de hacer negocio con los sentimientos más primarios, apelando sin cesar a un regreso a la cocina que ignora el clasicismo más elemental y que asesina la tradición mediante malos sofritos y, a la postre, satisface a turistas más próximos a la cultura de la sangría y olé que a la del buen vino". No he podido ir a la Fonda Gaig, pero recuerdo cuando Josep Maria Freixa le dejó a su hijo Ramon al mando de Can Freixa en Barcelona y se fue a cocinar platos "de toda la vida" en Ca la Dorotea, en Argentona, un sitio donde se comía de rechupete. Ahora que Josep Maria ha vuelto a Barcelona y Ramon se ha mudado a Madrid, observo que la cocina de Ca la Dorotea sigue campeando en Can Freixa, pero los precios (ai las!) no son los mismos que en Argentona.
Parabéns pelo artigo e pelos comentários. Em Portugal temos o mesmo problema ou ainda maior porque não temos a evolução recente que se deu em Espanha.
O tedicional tem mais força mas está vada vez mais descaracterizado pelos falsos modernismos e pelos estrangeirismos (nos pratos e nas técnicas).
Curioso também o claim de um novo restaurante "TRADIÇÃO PRESENTE"
que pretende trabalhar o receituário e o produto tradicional de uma forma mais moderna. É o restaurante ASSINATURA
www.assinatura.com.pt
Estoy de acuerdo contigo en líneas generales.
Creo que hay una cierta inflación del concepto Cuina catalana. Todo el mundo o una buena parte de él se acoge a este marchamo con la pretensión de tener autenticidad en sus propuestas gastronómicas.
Para mi lo tradicional es lo impírico, lo que viene haciéndose desde hace mucho tiempo de la misma forma y manera sín variar los ingredientes, sin añadir frutas tropicales a una ensalada, sin añadir crema de leche a un fondo de carne que servirá de salsa de un fricandó (pobre fricandó).
En esta època de merecido culto al aceite de oliva virgen extra, muchos se olvidan de que la manteca de cerdo es también una parte de esa dieta mediterránea que tanto se invoca.
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