Con las ciudades me pasa un poco como con las personas, en general me resultan más interesantes si han sido un poco baqueteadas, si tienen una historia detrás de la fachada. Y eso lo veo en Barcelona que, tras la apariencia pija que ofrece en el Paseo de Gracia y de las hordas de guiris en bermudas y chanclas por mucho que estemos en marzo, tiene ese aire de ciudad vivida, que ha pasado épocas mejores y peores, penurias y momentos de euforia, ese punto canalla de quien se las sabe todas, de quien ha estado de moda y desfasado. Y me gusta.
Me gusta la Barcelona más turística, la de las callejas entre la catedral y la plaza del Pí, la del museo Marés y la sardana el domingo a las doce. Me gusta aunque a veces me satura. Me gusta ese aire burgués decadente de alguna calles del Eixample, con sus colecciones de arquitectura modernista y racionalista. Intento huir de la Rambla y de la Sagrada Familia, aunque siempre acabo reincidiendo con La Boquería.
Disfruto muchísimo de los paseos sin rumbo. Del barrio de Gracia al rastrillo de libros del mercado de Sant Antoni, las callejas de La Ribera con sus pequeños templos gastronómicos, las pescaderías del mercado de Santa Caterina, una vuelta por el Poble Sec para acabar callejeando por Sants, pararme en el escaparate de Escribá, acercarme a la pequeña tienda de Enric Rovira, parar en Vinçon, asomarme a la Diagonal y huir pronto, comprar algo innecesario en el Deli Shop. Un desayuno al sol en una terraza junto al Clinic, una cañita y una tapa en la Cervesería Catalana, asomarme a la ventana del hotel y ver el atardecer reflejado en las casas de la zona norte o los dragones en la forja de los barrotes del balcón. La terraza increible del Dos Cielos, el pepino kitsch que es la Torre Agbar frente a la columnata aun más kitsch del Teatre Nacional, volver una y otra vez al Raval, parando antes en el supermercado Dong Fang a comprar alguna especia, y pasar cien veces frente al Macba.
He tenido la oportunidad de volver a Barcelona un par de veces últimamente, de curiosear por las librerías, de pararme ante los escaparates llenos de buñuelos, de reencontrar a amigos y charlar con ellos, de visitar algunos restaurantes inolvidables, de parar un momento en el Caelum a tomar un café con algún dulce conventual y de descubrir pequeños comercios de esos que solo se encuentran en lugares especiales.
Me gusta Barcelona. Mucho. No tardaré en volver.
Taller Dolcitalia, postres italianos en Sevilla
Hace 18 horas


6 Comentarios:
Pues a mi Barcelona no me acaba de convencer del todo. No sé por qué es, algo muy subjetivo. Me gusta más Madrid, me encuentro más a gusto.
Pues cuando vuelvas, si me aceptas el consejo que ya te he dado en otra ocasión, trata de comer en el restaurante Hisop, si es que no lo conoces todavía.
Toni:
A mi me pasa justo al reves. Cuestión subjetiva, como comentas.
Homogastronomicus:
No lo conozco toavía y lo tengo en la lista de pendientes. Pero con la cantidad de sitios que, por unas o por otras, he podido conocer en mis últimas visitas a Barcelona (Saltimbocca, Dos Palillos, Koy Shunka, Lasarte...), la verdad es que no ha habido tiempo para más.
Homogastronomicus:
No lo conozco toavía y lo tengo en la lista de pendientes. Pero con la cantidad de sitios que, por unas o por otras, he podido conocer en mis últimas visitas a Barcelona (Saltimbocca, Dos Palillos, Koy Shunka, Lasarte...), la verdad es que no ha habido tiempo para más.
Somos dos, Barcelona me encanta y volveré cada vez que pueda.
Caminar por sus calles, recorrer los mercados, pasear por la playa y detenerse a comer. Beber una caña, ir de tapas o cenar en un restaurante de mantel largo. Todo vale.
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