
A vueltas todavía con el tema que trataba ayer, es decir, sobre eso que hace que para unos la cocina contemporánea sea una auténtica tomadura de pelo mientras para otros tiene auténtico interés, me encontré con la fotografía que ilustra el post. Y me hizo pensar en algo en lo que no solemos pararnos. Otra vez la cuestión de la relativización del canon de la que hablaba en el texto anterior, pero ahora con algunos elementos añadidos.
Bien, veamos la imagen. Midamos a sus protagonistas por el canon cultural tradicional, el que entiende que cultura es únicamente la alta cultura. El mismo canon que le aplicaríamos a Mozart, a Verdi o a Mahler. Midámoslos también por el canon estético tradicional, el que dice qué es ir bien vestido, qué imagen resulta atractiva en un hombre... No entenderemos nada. Desde esos parámetros seremos incapaces de entender cómo estas cuatro personas se convirtieron en uno de los fenómenos culturales -ya no solo musicales- del último siglo, cómo transformaron el concepto de música popular, la estética, las actitudes, como influyeron decisivamente en corrientes culturales como el pacifismo, la contracultura, el happening, cómo fueron de los primeros en abrir la puerta de Occidente a la cultura hindú. El canon no nos sirve. Algo falla.
Ahí entra lo que comentaba ayer sobre la relativización y sobre la desaparición de los referentes únicos. Pero eso, por si solo, no nos ayuda a entender el fenómeno por completo. Hay otro aspecto, otro más relacionado con la cultura de masas, que acaba de darle forma a las cosas y que es lo que podríamos definir como una variedad de registros.
Hasta los años 60 estaba bien claro qué era alta cultura. Lo demás era cultura popular, tradicional, artesanía o lo que se quisiera, pero era otra cosa. La revolución cultural de los 60 rompió ese esquema y empezó a cuestionarse esos compartimentos estancos. De pronto, un mal cantante como Dylan era un referente para millones y mucho más influyente que gente musicalmente mucho más dotada (según en canon tradicional). Pero, es más, los nuevos medios de comunicación de masas, especialmente la televisión, la radio y los discos de vinilo, hicieron que, de pronto, una corriente cultural que antes era considerada inferior empezase a ganar peso e incluso a influir a autores que estaban dentro de eso que se llamaba antes alta cultura. Empieza a haber contaminaciones de arriba hacia abajo, pero también de abajo hacia arriba. Y los límites, una vez más, empiezan a difuminarse.
Es una cuestión de a qué se le da valor. Y en ese sentido los ensayos de Paul Klee sobre el arte de las personas con enfermedades mentales o el de los niños se adelantaron en décadas. De pronto, una pintada en un muro puede tener valor cultural, al igual que un acorde de guitarra distorsionado o una minifalda. Y lo tienen por sus valores estéticos, pero también por su carga conceptual. ¿De qué otro modo podemos entender todo lo que ha pasado después en cultura? Sin ese cambio ¿Dónde metemos a Basquiat, a Warhol, a Vonnegut... ¿Dónde situamos a la Nouvelle Cuisine, que no por casualidad nace entonces?
En ese momento es cuando por primera vez los teóricos de la cultura se dan cuenta de que ya no hay una única forma de cultura (si acaso dos, la alta y la popular) sino que hay tres registros con la misma validez que se solapan y se entremezclan. Lo que Bernard Rosenberg definió como high-cult, mid-cult y low-cult. Solo que las categorías de alto, medio y bajo dejan de definir como un valor, abandonando esa perspectiva aristocrática de que lo high-cult es mejor porque es más elaborado, más culto, más cercano al canon y dejando paso en igualdad de condiciones a aquello que Umberto Eco definió como los "parientes pobres".
Ahí entra la cocina, una disciplina que, si acaso, hasta entonces se entendía dentro de la esfera de lo tradicional, de la sabiduría popular. Una variedad del trabajo artesanal que tenía poco de intelectual y que, por lo tanto, pertenecía a ese estrato low-cult. En el momento en el que nos hacemos conscientes de que el diseño son los trabajos de Alessi o de Starck pero también un botijo de toda la vida, de que música es Beethoven pero también los Beatles y no hace falta compararlos porque nacen de esferas diferentes de la cultura, responden a necesidades diferentes pero son, en definitiva, dos artefactos culturales igualmente válidos, en ese momento es cuando entendemos que cocina son una migas de pastor pero también un caviar de melón. No son excluyentes, no se atacan, no se impiden. Son, simplemente, producto de diferentes esferas de ese gran ámbito que es la cocina. Y si las migas vienen de la tradición, de un trabajo más intuitivo, del conocimiento empírico del producto y de una técnica básica el caviar de melón nace de una esfera más intelectualizada, del desarrollo tecnológico, de la voluntad de innovar partiendo del conocimiento de la cocina previa, del estudio científico de la materia prima... Volvemos al asunto de lo low-cult y lo high cult.
Así que aquí solo caben tres posicionamientos. Y son tres posicionamientos que creo que ayudan a entender el problema con el que nos encontramos a diario:
1- Reconocemos nuestra incapacidad para entender que la cocina es un fenómeno cultural y nos dejamos de discusiones.
2- Nos ponemos señoritos y negamos que la cocina sea cultura en igualdad de condiciones con otras manifestaciones (en cuyo caso negaremos también todo el arte desde el impresionismo hasta aquí, la música contemporánea, el valor artístico de la fotografía, del cine, del diseño y un larguísimo etcétera, lo que no nos dejará demasiado lejos de aquel concepto de "arte degenerado". O bien tendremos que asumir que tenemos una especie de esquizofrenia que hace que los esquemas mentales que nos sirven para los impresionistas, para Duchamp o para Warhol no nos valgan para la cocina).
3- Asumimos que la cocina es un producto de la cultura contemporánea y que, como tal, está sujeto a las normas que la rigen. Y esto incluye la nominacion de Dylan al nobel (que no me he inventado yo), a García Márquez y a Woody Allen, a Paul Klee, a Umberto Eco y a Coppola. Y no se trata de comparar, ya que para establecer una comparación hace falta un canon y sobre la existencia de un canon único y válido para todos los casos ya hemos hablado, sino de constatar un hecho que ni quita ni pone valor.
Que cada uno decida.
Dormir en Salamanca
Hace 1 día


1 Comentarios:
MUy interesante y simpático tu blog.. me gusta!!.. x cierto la comida es uno de los placeres.. que aunque sea una necesidad básica.. qué excitante y delicioso es saber disfrutarlo.. Saludos!!
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