Tendemos a hablar de una minoría ínfima del sector gastronómico como si esa fuese la única realidad existente. Tendemos a ponernos tan sibaritas y tan exigentes que parece que solo veamos lo que hacen un par de docenas de profesionales en todo el mundo.
Y con eso nos olvidamos de que, como apuntaba esta mañana, el 99% del sector, de lo que se genera en cuanto a rendimiento económico y desde luego el 99% del público no va más allá del desayuno en el bar de la esquina, el menú del día y, con suerte, el chino o el italiano del barrio de vez en cuando. Y lo digo sin ánimo de desmerecer, porque con que esos locales fuesen siempre dignos tendríamos mucho ganado y, además, cuando das con uno que lo hace bien es siempre un hallazgo que te guardas para recomendar a los conocidos.
Tendemos a hablar de grandes congresos, de sesudas reflexiones, del diseño de las webs, de los conceptos teóricos que encierra determinado plato o de si la cocina de un cocinero concreto es tecnoemocional, deconstruccionista, eco-cocina, naturalista, minimalista o radical... Hoy, paseando al Perro Gastrónomo, la muestra de optimización de recursos publicitarios que ilustra este post me recordo que la realidad mayoritaria es otra.
Un ejemplo un tanto extremo, si se quiere, y que desde luego no me parece ni de lo más higíenico ni, al menos a mi, me llama demasiado. Pero no es una exageración ni una broma. Es la manera que tuvieron de llamar la atención de los clientes potenciales que el domingo se acercaron a la carrera ciclista de mi pueblo.
Confieso que nunca había visto utilizar este tipo de reclamo. Lo que me sorprende es que funcione.
10.11.08
PARA PONER LAS COSAS EN SU SITIO
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