Betancuria es el único conjunto histórico declarado de Fuerteventura. Se trata del primer asentamiento de la isla (guanches al márgen, claro), fundado en 1404 por el normando Jean de Bethencourt. A finales del S.XVI fue arrasada por lo piratas, por lo que su fisonomía actual viene de los siglos XVII y XVIII, durante los que fue uno de los núcleos principales de la isla. Hoy es el ayuntamiento menos poblado de Canarias, con algo más de 740 habitantes censados, un cierto aire colonial y un pequeño núcleo en el que tres o cuatro callejas se entrecruzan entre palmeras, el cauce seco de un río y la iglesia, una de las más monumentales de la isla.
El pequeño casco histórico se recorre en 15 o 20 minutos, pero vale la pena alejarse de las zonas turísticas costeras para llegar hasta allí. Y no sólo por el diminuto conjunto, sino porque cualquiera de los accesos al encajonado valle es todo un espectáculo.
Nosotros llegamos desde la llanura de Antigua, al este. Al atravesar la sierra, la espina dorsal de la isla, las vistas sobre el llano, sobre Valle de Santa Inés y, hacia el norte, Tefía, con la montaña sagrade de Tindaya al fondo son un espectáculo que por si mismo justificaría el desplazamiento. Desde allí se va bajando por una carretera sinuosa hasta que, de pronto, tras un recodo, aparece una diminuta mancha verde de chumberas y palmeras rodeando a la aldea blanca.
Betancuria es realmente pequeña: una calle que sube del río a la iglesia, otra que va de la iglesia al ayuntamiento, la carretera que baja a Pájara y poco más. Pese a todo, conserva un encanto desaparecido en el resto de la isla. Una tranquilidad de núcleo casi peatonal, de casas blancas y bajas, palmeras, suelos empedrados y balcones de madera labrada. Es, como los son por ejemplo Óbidos, en Portugal, o Castrillo de los Polvazares en La Maragatería, uno de esos lugares congelados en el tiempo por un turismo que ha sido al mismo tiempo su salvación, al evitar su deterioro, y su condena, porque allí ya solo trabajan las tiendas de souvenirs y los restaurantes.
Fue precisamente allí donde tuvimos que ir a darnos con la cruda realidad del restaurante turístico. Intentamos primero parar en el restaurante Mirador de Morro Velosa, una obra asesorada en su día por César Manrique, que parece que ha cerrado, ya que allí se construye un centro de observación de los ecosistemas desérticos. Una pena, porque sus vistas debían ser las mejores de la isla. A continuación probamos con Casa Santa María, el restaurante recomendado en todas las guías, pero también se encontraba cerrado. Gajes de no viajar en plena temporada alta.
Finalmente acabamos en un restaurante del que no diré el nombre para no hacer daño innecesariamente. Diré únicamente que en su nombre está el de una princesa guanche legendaria y que quien se acerque por el pueblo y tenga en consideración estas indicaciones haría bien en limitarse a Casa Santa María, sobre la que al menos mantengo la duda, o continuar hasta Pájara, donde he publicado ya una alternativa.
La verdad es que el sitio invitaba a entrar: mesitas en un patio blanco lleno de flores, una carta con algunos platos tradicionales a buen precio... Nos colocaron en un pequeño comedor interior abierto al patio y allí nos ofrecieron la carta y la carta infantil. Para la pequeña pedimos pollo con patatas que resultó ser una ración de nuggets de pollo congelados con patatas igualmente congeladas y mal fritas. Al menos era barato (5€). Para nosotros pedimos unas papas con mojo, las más flojas y más caras de toda la estancia en la isla y luego cada uno un plato principal. Ella pidió un Pollo al Estilo María con Papas y ensalada, un pollo al ajillo sin nada especial. Normalito. Yo me decidí por un Cordero Compuesto. Y fue un error. El peor plato que he tenido el dudoso honor de probar en mucho tiempo. Y no por la receta, que desconozco, sino por el resultado. A la mesa me llegó un plato con trozos de carne de cordero de sabor bravo y mal cocinada en una salsa sin ligar en la que el aceite se escurría por un lado y unas tiras de pimiento se mantenían sobre el arroz de guarnición sobre el otro. Mal producto y mal cocinado. No puedo decir más. A la vista del resultado prescindimos del postre, que nos fuimos a tomar a otra parte. El único atenuante es que, al menos, pagamos poco por el desaguisado. Lo de los tres más una botella grande de agua no llegó a los 40€.
El café, junto con un par de raciones de tarta, nos lo tomamos en la agradable terraza del café Casa Santamaría, en el mismo edificio que el restaurante homónimo. Tartas aceptables y un café malucho bastante caros, pero al menos la terraza valía la pena.
Terminada la visita continuamos hacia el sur por Vega del Río Palmas, donde se encuentra la ermita de la Virgen de la Peña, patrona de la isla, y desde allí, por el imponente valle, hasta el collado que separa las tierras de Betancuria de las de Pájara, en un recorrido de lo más recomendable.
En resumen, Betancuria merece una visita por si misma, pero también por el recorrido que se hace para llegar hasta allí. Vale la pena dedicarle unas horas. Eso si, ojito con el lugar que elegimos para comer.
14.9.08
BETANCURIA: UNA BUENA VISITA Y UNA MALA COMIDA
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