2.12.07

AHORA MÁS QUE NUNCA, APOYO A ISAAC DÍAZ PARDO


Isaac Díaz Pardo es una de las dos o tres figuras fundamentales de la cultura gallega contemporánea. Hijo de Camilo Díaz Baliño, artista "paseado" por los fascistas durante la Guerra Civil, fué primero un notable pintor que decidió dejar la actividad artística de primera línea para dedicarse a la creación de la primera industria cultural de Galicia, desde el exilio argentino, proyecto en el que contó con la colaboración de artistas como Luis Seoane.

Ya de regreso en Galicia, Sargadelos, la empresa de Díaz Pardo, con todas sus ramificaciones (Cerámicas do Castro, Museo Carlos Maside, Instituto Galego de Información, Edicións do Castro)consiguió aunar un éxito sin precedentes para una empresa de cerámica con una actividad cultural tan variada como imprescindible. Soy de los que creen firmemente que sin el empeño personal de Díaz Pardo la cultura gallega actual no sería hoy lo que es y nuestro conocimiento de nuestro pasado y nuestra tradición serían significativamente menores.

Desde el éxito inmenso de Sargadelos, que llegó a convertirse en uno de los iconos que mejor representan a Galicia en el exterior, Díaz Pardo decidió reinvertir parte de esos beneficios en proyectos culturales que de otra manera tendrían difícil salida, en iniciativas necesarias pero económicamente poco viables para una empresa al uso. Afortunadamente Sargadelos no es (no era) una empresa al uso e Isaac renunció a parte de las ganancias, pero a cambio todos podemos hoy disfrutar del museo de O Castro, de las docenas de libros publicados por su editorial, de los cientos de actos para los que siempre cedió desinteresadamente las sedes de sus tiendas o sus salones de actos, de los cursos organizados en Sargadelos y O Castro, de las becas y ayudas a cientos de ceramistas y artistas para asistir a los mismos, o de tiendas del grupo Sargadelos que con el tiempo se convirtieron en auténticos núcleos culturales en las ciudades y pueblos en las que se instalaban.

Así fué hasta hace menos de dos años. Fué entonces cuando un golpe de estado en toda regla, componentes vergonzantes incluídos, aisló a Isaac en el grupo que él creó y lo relegó a un papel injusto, secundario y carente de importancia. Una situación lamentable y especialmente triste porque, al margen de la importancia empresarial o cultural de Sargadelos, si por algo se ha caracterizado la empresa es por una política casi familiar, en la que gente que entró en la empresa aún imberbe y de la mano de Díaz Pardo desarrolló en ella una actividad profesional de décadas. Que alguno de ellos esté hoy entre los acuchilladores es ruborizante hasta para los que miramos desde fuera.

Y que conste, antes que nada, que no me une con Díaz Pardo una relación personal. Si me lo cruzo por la calle no me reconoce y la única colaboración que he tenido con sus empresas son unas cuantas fotos publicadas en un volumen colectivo y otras dos publicadas en otro libro de su editorial. La única vez que hablé con él unos minutos fué, precisamente, en la sede del IGI que hoy quieren que abandone. Una charla fugaz, apenas un par de minutos, centrada, además, en el libro en el que trabajaba la persona a la que yo acampoañé en aquella ocasión. Nadie puede acusarme de hablar cegado por mi relación con él.

Hasta ahora el funcionamiento interno de las empresa no había permitido ir más allá. Los plazos marcaban su ritmo. Pero ahora, tras dos años de no repartir beneficios con Díaz Pardo, leo en la edición gallega de El País que se ha convocado -tras intervención judicial- junta general para antes de fin de año. En ella, entre otros temas, parece que se pretende expulsar a Isaac de las habitaciones que aún ocupa en la sede del Instituto Galego de Información, en las afueras de Santiago, donde vive desde hace dos décadas. A sus 87 años se enfrenta a la que es la humillación definitiva por parte de sus defenestradores.

Afortunadamente, aún en este pais de miserables en el que muchas instituciones han preferido mirar para otro lado, parece que hay una cierta justicia, por leve y poco consoladora que sea. El pasado año, por primera vez en cuatro décadas, Sargadelos no generó beneficios. Tal vez más de uno debería pensar sobre ello.

Al margen de maniobras vergonzantes por parte de algún intelectualillo que tras abrazar a Isaac se subió al barco de quien lo llevó a esta situación, la masiva oleada de simpatía hacia uno de los últimos hombres buenos de verdad de la cultura gallega no se hizo esperar. Actos de apoyo, escritos en prensa, homenajes... Todo lo que nunca tuvieron ni tendrán los que vieron en Sargadelos una gallina de los huevos de oro que están desplumando a marchas forzadas.

La sola imagen de Isaac Díaz Pardo abandonando a sus casi 90 años su casa de siempre expulsado por quien hace nada trabajaba codo con codo con él -mientras planeaba cómo sacárselo de delante- me produce verdadero asco. Isaac ha sido siempre un valiente, un hombre bueno y un intelectual generoso. Nadie se merece algo así, pero él menos que la mayoría.

Junto a esa imagen no puedo evitar imaginarme la de una pandilla de hambrientos lanzándose voraces sobre los restos de su víctima, chupando los huesos hasta que no quede en ellos sustancia. Hambrientos que no se paran en más consideraciones que su propio bolsillo y llenar sus poco agradecidos estómagos con prisa, antes de que esto se acabe. En estos casos siento la necesidad de enviarle a esta gente por correo urgente un bocadillo. Como hambrientos que son, igual así sacian un poco su hambre miserable, ese hambre que, al margen de sueldos o situación laboral, parecen haber acumulado durante décadas. No se me ocurre mayor gesto de desprecio que invitarles a saciar su indisimulada gula con un triste bocadillo. Es lo que actitudes así merecen: desprecio hasta hacerles sentir vergüenza, por difícil que eso resulte.

Mientras ellos se empeñan en poner a Isaac en la calle, mientras han suspendido hace seis meses los pagos a los empleados del IGI, sus sueldos se mantienen (algunos me temo que han subido dramáticamente). Al mismo tiempo, por fortuna, la simpatía hacia Díaz Pardo crece al ritmo que se incrementa el asco generalizado.

Quien es capaz de despreciar así a un venerable de nuestra cultura, quien no se para en edades ni trayectorias, quien olvida los gestos del pasado tan pronto como ve asomar la posibilidad de un cargo, quien está dispuesto a acabar con Sargadelos siempre que el proceso le genere unos beneficios, por efímeros que sean, solo merece mi asco.

Desde aquí mi apoyo incondicional a Isaac y mi más firme llamada a boicotear a Sargadelos en esta campaña comercial que se avecina. Quien solo se mueve por dinero entiende únicamente los mensajes que le manda el dinero. En nuestra mano está que les hable.

3 comentarios:

matematicaspaladaryfogones dijo...

te vuelvo a comentar, lo que ya te comenté en mi blog, me uno a ti, al 100% en el tema de Sargadelos, y del inhumano trato que se le está dando a Díaz Pardo.
Es una verguenza, que hechos así ocurran y yo, que de vez en cuando he comprado sargadelos, te garantizo que quedan paralizadas las compras, ante este hecho.

Mar Calpena dijo...

Siento mucho leer esto... Y me alegro, eso sí, de que la blogosfera haya llegado donde los medios no alcanzan, porque no me había enterado de este atropello. Siempre he querido tener una vajilla de Sargadelos (parece una ambición tonta, pero es algo por lo que suspiro hace tiempo). Después de esto, me parece que lo pospongo sine die.

el pingüe gourmet dijo...

Hoy domingo, en la edición de El País Negocios, página 17, un especial sobre este tema tan sangrante.
Un saludo